Ef 5:3-5: "Entre ustedes ni siquiera debe mencionarse la inmoralidad sexual, ni ninguna clase de impureza o de avaricia, porque eso no es propio del pueblo santo de Dios. Tampoco debe haber palabras indecentes, conversaciones necias ni chistes groseros, todo lo cual está fuera de lugar; haya más bien acción de gracias. Porque pueden estar seguros de que nadie que sea avaro (es decir, idólatra), inmoral o impuro tendrá herencia en el reino de Cristo y de Dios."
Cuán útiles son estas palabras para crecer en nuestras sanas costumbres, con las cuales nos diferenciamos de éste mundo corrompido, y es importante resaltar que en estos versículos son puestos en la misma línea de importancia, la inmoralidad sexual, la avaricia, y la idolatría.
Solemos entender la gravedad de la inmoralidad sexual, pero no vemos de la misma manera a la avaricia. Cuando envidiamos lo que otros tienen, cuando cerramos la mano para no dar, cuando nos molesta que hablen de dinero en la iglesia, cuando no le damos alegremente al Señor (más vale que no le des nada), cuando no le damos lo que corresponde en honra a nuestros seres queridos, cuando retenemos el sueldo del empleado o no somos justos con ellos, estamos siendo avaros.
Con la idolatría pasa lo mismo. Solemos entender que una persona que adora a estatuas o imágenes antes que al Dios invisible, no tendrá herencia en el reino de Dios, pero muchas veces se idolatra a personas, cosas y costumbres también. El texto conecta la avaricia con la idolatría, porque se le da un nivel de prioridad e importancia al dinero por sobre los principios de Dios.
Dice que estas cosas no son propias del pueblo santo de Dios. Entonces, qué es lo propio del pueblo santo de un Dios Santo? Lo propio es la santidad. La santidad no se da por la fuerza de voluntad en la práctica moral humanista. La santidad que debemos vivir es el santificarnos, apartarnos de lo que no es propio del pueblo de Dios, es morir a mí mismo para que el Santo que vive en mí tome lugar en mi vida y costumbres. Seamos imitadores de Dios como hijos amados que desean parecerse a su Padre.
Abracemos estas palabras tan necesarias y oportunas para nuestros tiempos. Claro que son palabras fuertes, pero son palabras de vida.
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